Emprendedores

Mi Primer Negocio: Vender Gelatinas

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Niño vendiendo gelatinas con leche condensada en vasitos plásticos en la ventana de su casa

Mi primer negocio: vender gelatinas (y comérmelas yo mismo)

En el barrio donde crecí, cada casa vendía algo. Una vendía snacks, otra hielitos, otra dulces caseros. Era normal ver una ventana con un cartel improvisado anunciando lo que fuera que esa familia tuviera para ofrecer ese día. Y a mí, desde niño, me picaba esa misma curiosidad: quería hacer dinero.

Así que un día decidí que yo también iba a vender algo.

El producto perfecto (o eso pensé)

Elegí gelatina con leche condensada. Y la verdad es que fue una elección inteligente para un niño de esa edad: es un postre fácil de hacer, no tiene mayor complicación como otros dulces más elaborados, los costos son bajos y el margen de ganancia era, para lo que yo entendía en ese momento, bastante decente.

Hice varios vasitos plásticos llenos de gelatina, los metí en la nevera, y esperé a que la gente empezara a comprar.

El error que no vi venir

Lo que no calculé fue algo básico: mi casa no quedaba en la calle. Vivía en el último piso, y por ahí solo pasaban los vecinos de arriba y algunos inquilinos. Prácticamente nadie más tenía razón para pasar por mi puerta.

El primer día vendí, si mal no recuerdo, unas dos gelatinas. El resto se quedó ahí, en la nevera, esperando.

Y entonces pasó lo inevitable

Cada vez que abría la nevera y veía esas gelatinas ahí, sin venderse, hacía lo que cualquier niño de mi edad hubiera hecho: me comía una. Y después otra. Y otra más. Hasta que mi “inventario” desapareció, no en manos de clientes, sino en mi propio estómago.

Me río mucho cuando recuerdo esto hahaha, porque técnicamente fui mi propio mejor cliente. El negocio no fracasó por mala calidad del producto ni por mal precio — fracasó por ubicación, algo que hoy, como adulto, sé que es una de las primeras cosas que cualquier negocio debe resolver antes de producir.

Niño vendiendo gelatinas con leche condensada en vasitos plásticos en la ventana de su casa

Lo que ese niño no sabía que estaba aprendiendo

En ese momento solo era un niño con ganas de tener su propio dinero. Pero mirando atrás, esa “gelatinería fallida” fue mi primera lección real de negocios: no importa qué tan bueno sea tu producto si nadie puede verlo o llegar a él.

Años después, esa misma inquietud de hacer las cosas por mi cuenta me llevó a construir páginas web, a abrir mi propia tienda online, y a entender que hoy, con internet, el problema de “ubicación” que tuve de niño ya no existe de la misma forma — cualquiera, desde cualquier piso de cualquier edificio, puede tener su producto frente al mundo entero.

Si a ti también te pasa que tienes un buen producto o servicio pero sientes que “nadie te ve”, justamente de eso se trata construir una presencia online bien hecha. Es la versión moderna de mudar tu ventana de gelatinas a la calle principal.

Les sigo contando más de mis emprendimientos de niño en el próximo artículo — porque este no fue el único intento chistoso que tuve.

admintucartel

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