El barrio que me hizo rico sin tener nada
Crecí en un barrio de Caracas. Lo digo así, directo, sin rodeos, porque sé que para muchos esa palabra —”barrio”— viene cargada de prejuicio. Pero yo no vengo a pedir disculpas por mi origen. Vengo a contarles que si tuviera que volver a nacer, elegiría exactamente el mismo lugar.
Sé que suena raro. Pero déjenme explicarles por qué.
Descalzo, con lodo hasta las rodillas, y feliz
Al frente de mi casa había una cancha de fútbol de tierra. Cuando llovía —y en Caracas llueve fuerte— esa cancha se convertía en un pantano. Y ahí estábamos nosotros, un montón de niños del barrio, jugando igual, resbalándonos, embarrados hasta las rodillas, muertos de la risa. Si no había pelota, jugábamos con dos latas aplastadas. Si teníamos ganas de algo dulce, salíamos a buscar mango de los árboles del sector.
No teníamos casi nada. Y sin embargo, no recuerdo haberme sentido pobre ni un solo día.
Esa es la primera cosa rara que tiene la escasez: cuando eres niño y todos a tu alrededor viven igual, no sabes que te falta algo. Simplemente vives.

Lo que aprendí sin que nadie me lo enseñara con palabras
Con los años entendí que ese barrio me dio dos cosas que hoy, como adulto, emprendedor y padre de mis propios proyectos, me sostienen todos los días:
La humildad. No la humildad de agachar la cabeza, sino la de saber de dónde vengo y no olvidarlo nunca, sin importar a dónde llegue.
Aprender a apreciar lo poco que tienes. Cuando vives con escasez, cada cosa pesa distinto. Un juguete, una comida completa, un par de zapatos nuevos — nada se da por sentado.
Pero lo que más se me quedó grabado en el corazón fue ver a gente que tenía todavía menos que nosotros, compartir lo poquito que tenían. Un vecino que no tenía casi nada te invitaba a comer lo que hubiera en su casa. Alguien que apenas tenía para él, encontraba la forma de darte algo. Eso no se aprende en un libro. Eso se vive, y se queda.
No todo fue difícil — también fue hermoso
Quiero ser claro: no estoy romantizando la carencia. Hubo cosas duras, de eso hablaré en otro momento. Pero también hubo una infancia genuinamente bonita, natural, sin filtros, sin pantallas, llena de calle, de amigos, de mango robado y de partidos de fútbol bajo la lluvia.
Con el tiempo la vida me llevó de Caracas a Perú, y de Perú a Estados Unidos. Y en cada lugar he cargado esas mismas dos lecciones: humildad y gratitud por lo que tengo, sin importar cuánto sea.
Por qué les cuento esto
Hoy, cuando ayudo a alguien a construir su presencia en internet, o cuando armo un producto personalizado en mi tienda MAIKSTORE.COM, pienso mucho en esa idea de “compartir lo poco que tienes con alguien más”. Un regalo hecho con intención, algo pensado especialmente para una persona, tiene ese mismo espíritu que aprendí en mi barrio: no se trata de cuánto das, sino de cuánto significa lo que das.
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¿Es difícil crecer en un barrio de Venezuela?
Sí, hay carencias reales, pero también hay comunidad, humildad y aprendizajes que no se consiguen de otra forma. En mi caso, esas lecciones son la base de cómo vivo y trabajo hoy.
Les sigo contando más de esta etapa de mi vida en el próximo artículo.





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